El guardador de rebaños

RosemarieMFotografía de ROSEmarie M.

 

 

 

Nunca he guardado rebaños,
y es como si los guardase.
Mi alma es como un pastor,
conoce al viento y al sol
y va de la mano de las Estaciones
continuando y viendo.
Toda la paz de la naturaleza sin gente
viene a sentarse a mi lado.
Pero yo me pongo tan triste como una puesta de sol
lo es para nuestra imaginación,
cuando refresca en el fondo de la llanura
y se siente que la noche ha entrado
como una mariposa por la ventana.

Pero mi tristeza es sosiego
porque es natural y justa
y es lo que debe haber en el alma
cuando piensa que existe
y las manos cogen flores sin que ella se dé cuenta.

Con ruido de cencerros
más allá de la curva del camino,
mis pensamientos estás contentos.
Sólo me apena saber que están contentos
porque, si no lo supiese,
en vez de estar contentos y tristes
estarían alegres y contentos.

Pensar es incómodo como andar bajo la lluvia
cuando el viento arrecia y parece que llueve más.
No tengo ambiciones ni deseos.
Ser poeta no es una ambición mía.
Es mi manera de estar solo.

Y si a veces deseo,
por imaginación, ser corderillo
(o ser todo el rebaño
para andar esparcido por toda la cuesta
siendo muchas cosas felices a la vez),
es sólo porque siento lo que escribo a la puesta de sol,
o cuando una nube pasa la mano por cima de la luz
y corre un silencio por la hierba.

Cuando me siento a escribir versos
o, paseando por los caminos o los atajos,
escribo versos en un papel que hay en mi pensamiento,
siento en las manos un cayado
y veo una silueta mía
en lo alto del otero,
mirando a mi rebaño y viendo mis ideas,
o mirando a mis ideas y viendo mi rebaño,
y sonriendo vagamente como quien comprende lo que
se dice
y quiere fingir que lo comprende.

Saludo a todos los que me lean,
quitándome el sombrero ancho
cuando me ven a mi puerta
apenas la diligencia descuella en lo alto del otero.
Les saludo y les deseo sol,
y lluvia, cuando la lluvia es necesaria,
y que sus casas tengan
al pie de una ventana abierta
una silla predilecta
en la que se sienten a leer mis versos.

Y que al leer mis versos piensen
que soy algo natural:
por ejemplo, el árbol antiguo
a cuya sombra, cuando eran niños,
se sentaban de golpe, cansados de jugar,
y se limpiaban el sudor de la cabeza ardiente
con la manga de su guardapolvos a rayas.

 

 

De ‘El guardador de rebaños’. Alberto Caeiro. Heterónimo de Fernando Pessoa.

 

 

El duelo

Momatiuk.eastcottFotografía de Momatiuk/Eastcott

 

 

 

Por mucho que vuelvo no encuentro mis recuerdos.  Los busco, los sueño; lo propio ya es ajeno. Cayeron los bordes, el vaso ya está lleno. Y ahora sólo intento vaciar. Sólo necesito despegar. Fue tan largo el duelo que, al final, casi lo confundo con mi hogar.

 

 

De ‘Cuarteles de invierno’, Vetusta Morla.

 

 

Gnóthi Seautón

enigma-689d8f02-501e-40be-9f7d-a43fad12ce99Fotografía de Paola Ortolani

 

 

Conocerse es errar, y el oráculo que dijo «conócete» propuso un trabajo mayor que el de Hércules y un enigma más negro que el de la Esfinge. Desconocerse conscientemente: he aquí el enigma. Y desconocerse conscientemente es emplear activamente la ironía. No conozco cosa mayor, ni más propia del hombre en verdad grande, que el análisis paciente y expresivo de los modos de desconocernos, el consciente registro de la inconsciencia de nuestras consciencias, la metafísica de las sombras autónomas, la poesía del crepúsculo de la desilusión.

 

 

Fernando Pessoa.

Soledad

fog-f615a507-e5cd-4f4e-bd1e-2d5cbbce9582Fotografía de Olaf Hofmann

 

 

 

«Soledad, aquí están mis credenciales/vengo llamando a tu puerta desde hace un tiempo./ Creo que pasaremos juntos temporales/ propongo que tú y yo nos vayamos conociendo./ Aquí estoy, te traigo mis cicatrices,/ palabras sobre papel pentagramado,/ no te fijes mucho en lo que dicen/ me encontrarás en cada cosa que he callado./ Y ya pasó, ya he dejado que se empañe/ la ilusión de que vivir es indoloro./Que raro que seas tú quien me acompañe, soledad./ A mí que nunca supe bien cómo estar solo».

 

 

‘Soledad’, Jorge Drexler.

 

 

La muerte de un gorrión

20110518-plastic-bag-flying-awayFotografía de Bill Ohl

 

Leve, como el cadáver de un pájaro en vuelo
que ha venido a escapar del mundo desde este rincón
donde te olvidaste de barrer, y ha dejado de cantar,
justo en este balcón que está colgado en el olvido.

Se ha ido, sin ya parecerse a lo que fue, metido en una bolsa.
Una bolsa que, agarrada entre mis dedos,  
ha levantado en despedida su compañero de vuelo.
El viento, el único que lo vio caer. El viento donde se ha marchado.

Posado, a la rama de otra flor también muerta, descansa.
A los dos los arrebató de mi balcón el ruido
que cada noche recoge lo que se nos va.
El que alguna de estas noches también nos llevará a nosotros.

Y en una bolsa juntos van, la rama de la flor que tantas veces regué
y el pájaro que en algún amanecer me molestó al cantar.
Y yo, que aquí me quedo, siento que en la misma bolsa voy.
La muerte de un gorrión la rama de una flor y yo, que aún todavía soplo
para tratar de darles vida.