La carcoma

19232720Fotografía de Mark Billiau

 

 

 

 

Una enfermedad muy curiosa la putrefacción cuando hace mella en los hombres, y difícil de detectar en su inicio. Ella fue la responsable de que Horace King fuera a dar entre los muros de la vieja prisión de King Bench y que saliera de allí con los dos pies por delante: horace era un hombre bien plantado, en la flor de la vida, con una posición acomodada y tan listo como necesitaba ser, además de popular entre sus amigos. Había hecho un buen matrimonio y de él habían nacido hijos sanos y robustos. Pero, al igual que algunas casas de buena planta o algunos barcos bien arbolados, contrajo la «carcoma». El primer indicio claro de esta enfermedad es una tendencia a holgazanear y merodear por las esquinas de las calles sin ningún motivo aparente; a ir a cualquier parte y estar en todos sitios a la vez en lugar de en ninguno; a no hacer nada en concreto, pero tener la intención de realizar diversas tareas indefinidas al día siguiente o al otro. Cuando la enfermedad se manifiesta de esta manera, el observador suele relacionarla por lo general con la vaga impresión de que el paciente vivía demasiado deprisa. Sin haber tenido el tiempo suficiente para madurar la idea y formular la terrible sospecha de que se trata de «la carcoma», empezará a observar un  cambio a peor en el aspecto del paciente: una cierta torpeza y deterioro, que no cabe atribuir a la pobreza, la suciedad o la intoxicación o la mala salud, sino simplemente a la carcoma. A esto sigue un olor ácido por las mañanas; después, una cierta dejadez por lo que se refiere al dinero; enseguida un olor agrio aún más intenso a cualquier otro día; más tarde, un abandono respecto de todo; y finalmente, un temblor en los labios, somnolencia, miseria y derrumbamiento definitivo. Lo que sucede en la madera sucede también en los hombres. La carcoma avanza en la usura a un interés compuesto incalculable: una vez que un madero ha resultado infectado, toda la estructura está en peligro: eso fue lo que sucedió con el infeliz de Horace Kinch, quien fue enterrado gracias a una pequeña colecta de sus amigos. Aquellos que lo conocían apenas tuvieron tiempo de decir: «Adinerado y con una posición holgada, con un futuro tan prometedor por delante y, no obstante, nos tememos que ligeramente afectado por la carcoma», cuando, quién lo iba a decir, el hombre ya se había podrido y convertido en polvo.

 

 

 

 

De “El viajero sin propósito”, Charles Dickens.

 

Anuncios

Publicado el mayo 1, 2013 en Literatura. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: