Samuráis soñando con llanuras

TheHagaFotografía de The Haga

 

 

En sueños, el samurái vio escenas del día de su partida. Los caballos relinchaban; los ancianos del pueblo estaban alineados ante la puerta de su casa; Yozo le tría su espada; Seihachi, Ichisuke y Daisuke sostenían de las riendas a los tres caballos cargados con el equipaje. El samrurái montó y saludó a su tío. Riku estaba detrás de él, tratando de contener las lágrimas. El samurái sonrió a su hijo mayor, Kanzaburo, y al menor, Gonshiro, que una joven criada sostenía en sus brazos. Por alguna razón, el señor Ishida esperaba, a caballo, fuera del portal. El samurái no podía comprender por qué el señor Ishida había acudido a su encuentro en la llanura.

—Oíd —decía el señor Ishida, sonriendo—. Os daremos una nueva oportunidad de desempeñar vuestra misión. La próxima vez me ocuparé de que recuperéis vuestras tierras de Kurokawa.

Entonces, ¿debo repetir este viaje? Ese pensamiento casi sofocaba al samurái. Pero comprendía que era su destino y que no tenía otra opción que obedecer. Paciencia y sumisión: a lo largo de los años estos rasgos habían pasado a formar parte de él, como de los demás campesinos de la llanura.

Cuando abrió los ojos, le llevó un momento comprender que no estaba en Japón, sino en un monasterio, en un país lejano. La lluvia azotaba la ventana de un edificio desconocido en una ciudad extranjera. Reinaba el silencio. El samurái se sintió tan solo que podría haberse echado a llorar.

Rápidamente, para no despertar a Nishi, se vistió y salió al pasillo. Se asomó a la habitación de sus servidores. Yozo estaba sentado al borde de la cama.  A su lado, Ichisuke y Daisuke estaban profundamente dormidos.

—¿Estás despierto? —susurró el samurái—. He soñado con la llanura.

—En esta época deben de haber empezado a cortar leña.

—Así es.

Había pasado casi un año y medio de su partida. El samurái evocó los días en que había pasado esta misma estación, dos años antes derribando árboles con los campesinos para hacer leña. El ruido sordo de los hachazos resonaba en el bosque silencioso; las hojas acababan de empezar a caer. Kanzaburo solía recoger setas entre los árboles.

—Debemos aguantar un poco más—murmuró el samurái, mirando la ventana empañada por la lluvia—. Una vez cumplida nuestra misión aquí, en la capital…, podremos regresar a la llanura.

Yozo asintió con las manos en las rodillas.

—Pero eso ocurrirá si todo marcha bien… El señor Velasco dice que para eso debemos convertirnos al cristianismo.

Yozo alzó la vista sorprendido. El samurái preguntó:

—¿Qué harás?

—Desde que Seihachi murió… —empezó a decir Yozo, pero se interrumpió y agregó—: Haré lo que su señoría me ordene.

—¿Lo que yo te ordene? —El samurái sonrió—. Nunca ha ocurrido nada parecido en la familia Hasekura. Mi tío jamás lo habría permitido.

El samurái meditó sobre su sueño. La llanura y las granjas que parecían apretadas unas contra otras. Todo el mundo compartía allí la vida de los demás, y la familia del samurái era el núcleo. Sus vidas, sus formas de vivir eran armónicas. Cada familia cuidaba la tierra, plantaba las semillas y celebraba las fiestas de la misma manera. Cuando alguien moría, todos participaban en los ritos funerales. El samurái recordó el himno de alabanza a Amida Buda que su tío solía cantar mientras se masajeaba la pierna herida junto al hogar.

 

Han pasado diez eones

desde que Amida entró en el nirvana.

El halo que emana del cuerpo sublime de Buda

ilumina cada rincón de estas tinieblas.

 

Cuando terminaba de cantar el himno, su tío repetía siempre «Alabado sea Amida Buda. Alabado sea Amida Buda» una y otra vez, en voz baja, y una expresión de serenidad aparecía en su rostro. El samurái casi podía oír su voz. Sí, en la llanura todos eran como uno solo. El samurái no cantaba esos himnos pero no podía abandonar la fe de su padre y de su tío. Eso hubiera sido como traicionar su propia carne y sangre, como traicionar a la llanura.

 

 

 

Extracto de “El samurái”. Shusaku Endo.

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Publicado el marzo 28, 2013 en Literatura. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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