Oye, muchacho, has creado algo

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[…] Al día siguiente de haber terminado yo con Lehrman, Sennett regresó. Ford Sterling estaba en un plató. Arbuckle en otro; todo el estudio estaba atestado con las tres compañías trabajando a un tiempo. Vestido con traje de calle, yo no tenía nada que hacer;  así es que me quedé en un sitio donde Sennett pudiera verme. Estaba él con Mabel examinando un decorado que representaba el vestíbulo de un hotel, mordisqueando la punta de un puro.

—Aquí necesitamos algunos gags —dijo; después se volvió hacia mí—. Maquíllate y ponte un disfraz cómico. Cualquier cosa. No teía idea respecto al tipo que iba a hacer. No me gustaba mi atuendo de reportero. Sin embargo, al dirigirme al vestuario pensé que podía ponerme unos pantalones muy holgados, unos zapatones, y añadir al conjunto un bastón y un sombrero hongo. Quería que todo estuviera en contradicción:  los pantalones, holgados; el sombrero, pequeño, y los zapatos, grandes. Estaba indeciso si debía parecer viejo o joven; pero recordando que Sennett creyó que yo era mucho mayor, me puse un bigotito que, en mi opinión, me añadiría edad sin ocultar mi expresión.

No tenía la menor idea del personaje que iba a representar; pero en cuanto estuve vestido, la ropa y el maquillaje me hiceron sentir qué clase de personaje era. Empecé a descubrirlo, y cuando llegué al escenario, había nacido por completo. Al enfrentarme con Sennett me había ya encarnado en el nuevo ser, y me paseé por allí haciendo molinetes con el bastón y contoneándome ante él. Pasaron por mi mente en rápida sucesión gags y situaciones cómicas.

—Fíjese, este personaje es polifacético: es al mismo tiempo un vagabundo, un caballero, un poeta, un soñador, un tipo solitario que espera siempre el idilio o la aventura. Quisiera hacerse pasar por un sabio, un músico, un duque, un jugador de polo. Sin embargo, lo más que hace es coger colillas o quitarle su caramelo a un bebé. Y, naturalmente, si la ocasión lo requiere, le dará una patada a una dama en el nalgatorio, ¡pero sólo en caso de incontenible furia!

Continué de este modo durante diez minutos o más, manteniendo a Sennett en una continua carcajada. —Está bien —dijo—; sube al plató y veremos lo que puedes hacer allí.

Lo mismo que en la película de Lehrman, yo sabía poco del argumento, y tan sólo que Mabel Normand tenía un enredo con su marido y un amante. En escena es muy importante adoptar una actitud, pero no es siempre fácil encontrarla. Sin embargo, en aquélla, que representaba el vestíbulo del hotel, tuve la impresión de ser un impostor que se hacía pasar por uno de los huéspedes, cuando en realidad era únicamente un vagabundo que deseaba encontrar cobijo. Entré y tropecé en el pie de una dama. Me volví y me quité el sombrero; luego choqué con una escupidera; me volví una vez más y levanté mi sombrero ante la escupidera. Los que estaban detrás de la cámara empezaron a reirse.

Se había ido formando un nutrido grupo, en el que estaban no sólo los cómicos de las otras compañías, sino los maquinistas del escenario, los carpinteros y el personal del departamento de guardarropía. Aquello significaba en realidad un verdadero halago para mí. Y cuando terminamos el ensayo teníamos un numeroso público que se reía a más no poder. Pronto vi a Ford Sterling que asomaba por encima de los hombros de los demás. Al terminar yo sabía firmemente que había salido muy bien del paso.

Cuando me dirijí al camerino, Ford Sterling y Roscoe Arbuckle se estaban quitando la ropa de escena y el maquillaje. Hablamos poco, pero la atmósfera estaba tensa. Tanto Fordo como Roscoe me estimaban, pero noté claramente que la procesión iba por dentro.

Era una película larga, que tenía setenta y cinco pies. Más adelante, el señor Sennett y el señor Lehrman discutieron si lo dejarían con toda aquella longitud, pues las comedias corrientes rara vez pasaban de los diez pies. —Si resulta divertido —dije—, ¿qué importa la longitud? Decidieron dejar que la escena rodada conservase íntegros sus setenta y cinco pies. Como aquel atuendo me había infundido el carácter del personaje, decidí allí mismo y en aquel preciso momento conservarlo, pasara lo que pasase.

Aquella noche volví a casa en el tranvía con uno de los cómicos de segunda categoría, que me dijo: —Oye, muchacho, has creado algo; nadie había conseguido antes hacer reír así en el plató, ni siquiera Ford Sterling. ¡Si hubieras visto su cara cuando te observaba! ¡Era todo un poema!

—Esperemos que el público se ría de la misma manera en el teatro —dije para reprimir todo sentimiento de orgullo.

Extracto de “Mi autobiografía” de Charles Chaplin.

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Publicado el diciembre 5, 2012 en Cine. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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