Ferrocarril a Canadá

Fotografía de Mr.Saguari

 

Hubo un tiempo en esta hermosa tierra, antes de la llegada del ferrocarril, cuando las majestuosas montañas salvajes se enfrentaban solitarias al sol, mucho antes de la llegada del hombre blanco y de la rueda, en el que los bosques, verde esmeralda, aún eran demasiado silenciosos para parecer reales. Y el tiempo, que nunca entendió de comienzos, era el de una historia sin fronteras. Es así cómo llegaron ellos, provinientes de todos los lugares hasta esta tierra fértil. Zarparon sobre sus vías fluviales y llegaron hasta los más altos bosques, logrando que la fantasía del hombre, aún en ciernes, se transformase en primavera. En cambio, también llegó con ellos el tintineo de los martillos en el ferrocarril, y éste hizo inquietar a los recientes habitantes.  Las mentes se vieron desbordadas por la transformación que supuso el invento, muchos perdieron en él su fortuna, otros la ganaron, otros siguieron adelante con sus deudas. Todos, en fin, miraron hacia su futuro y esto fue lo que vieron: una inmesa vía de hierro recorriendo la tierra de mar a mar. Una vía de hierro trayendo la mercancía hacia esta joven tierra en desarrollo. Mercancías cargadas sobre sus railes desde los alejados puertos marítimos. —Apártense—, dijeron, y atravesaron enérgicamente este lugar desde la costa de oriente hasta la orilla más lejana del oeste. Trajeron con ellos a trabajadores para abrir las vías, y establecieron los trazados arrancando los senderos. —¡Abran el corazón y dejen fluir la sangre de la vida!, ¡Lo haremos a nuestra manera! ¡No podemos seguir moviéndonos tan lentos!.

Tras las Rocosas declina en su trayecto el sol y las estrellas aparecen para robarnos el día que ya no volverá. A través del amplio prado duermen los que queremos. Nosotros somos los peones que trabajan en el ferrocarril. Balanceamos nuestros martillos con cada nuevo y sofocante sol. Vivimos de guisos infames y de whisky barato y doblamos nuestra espalda hasta que el largo día termina. Nosotros somos los peones que trabajan en el ferrocarril, establecemos los trazados y construimos los puentes, y seguiremos doblando nuestra vieja espalda hasta acabarlo. Lo haremos atravesando montañas y llanuras, adentrándonos en ciénagas y bajo la lluvia. Haremos todo el camino para unir St. Lawrence con Gaspe. Y balancearemos sin cesar nuestros martillos para conseguir nuestra paga, para dejarla bien atada y escondida, lejos de las tabernas de la ciudad. Un dólar al día y un lugar donde mantener ocupada nuestra cabeza, es la única necesidad. Los tragos para los que viven en este brindis por los que se fueron. Porque esta canción no es el futuro. Esta canción ya ha sido cantada. Ya con todas las batallas ganadas, nos encontramos en la cima de la montaña. Y manejaremos el mundo a nuestro antojo porque fuimos nosotros los que abrimos su suelo con nuestro afán y nuestras lágrimas. Y hubo un tiempo en esta hermosa tierra, antes de que el ferrocarril existiera, en el que las majestuosas montañas se enfrentaban solitarias al sol. Fue mucho antes de la llegada del hombre blanco y de la rueda cuando el bosque , aún verde esmeralda, era demasido silencioso para ser real. Como demasiado silenciosos son los hombres muertos, demasiado silenciosos para haber sido de verdad.

 

 

Basado en la canción ‘Canadian Railroad Trilogy’ de Gordon Lightfoot

 

 

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Publicado el noviembre 6, 2012 en Música. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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