La tempestad

Fotografía de Bettina Balnis

 

Os acerco el último embolado en el que me he metido. Me he aventurado, así sin más, a traducir una cancioncita de Bob Dylan: Tempest, que también le da nombre al último y reciente disco. Aunque el esfuerzo ha sido titánico, y nunca mejor dicho, creo que el resultado no ha quedado del todo mal. Aclaro, como tiene que aclarar todo el que traduce, que buena parte del encanto original, más en la traducción de un texto poético, se ha perdido, sobre todo las rimas. Por otra parte, también me he tomado la licencia de adornar ciertas cosas a mi gusto y añadir algunas otras que, no necesarias en la versión cantada, dan cierta continuidad a la hora de afrontar el texto como lectura. De ahí que en algunos aspectos la traducción no sea fiel de manera estricta, pido disculpas. Pido de la misma manera perdón si alguna expresión nativa se me ha escapado y le he dado sentido literal, si bien, creo, todo lo que Dylan pretende transmitir en la canción logra entenderse. Sin más aclaración aquí dejo, a quien le interese, la canción Tempest de Bob Dylan traducida al español. He disfrutado mucho tratando de darle sentido en nuestro idioma.

Tempestad

La pálida luna emergió imponente
sobre la ciudad occidental,
y contó una historia muy triste
acerca de un gran navío hundido.

Corría un catorce de abril,
y cabalgando sobre las olas
navegaba hacia el mañana,
hacia la profetizada edad dorada.

La noche oscurecía con luz de estrellas,
los mares eran intensos y límpios.
Desplazándose a través de las sombras,
la hora prometida se acercaba.

Los reflejos mantenían su equilibrio
deslizándose sobre la espuma.
Todos, damas y caballeros,
ponían rumbo a su descanso eterno.

Los candelabros comenzaron su balanceo
sobre las barandillas de cubierta.
La orquesta estaba tocando
canciones languidecientes de amor.

Mientras tanto, el vigía yacía entre sueños
que giraban como los bailarines en el salón.
Y soñó que el Titanic se hundía
en lo profundo del abismo.

Leo agarró sus láminas de dibujo.
Él solía ser tan creído
que cerró los ojos y creyó poder pintar
aquella escena en su memoria.

Entonces Cupido golpeó su pecho,
partiéndolo con un crujido.
Y todo cuanto pudo hacer
fue caer en el regazo de la mujer más cercana.

Entre su fuerte conmoción pudo escuchar
cómo algo no sonaba del todo bien.
Su propia conciencia le avisaba
de que no le quedaba mucho tiempo.

Se fue tambaleando hacia el alcázar.
No era el momento de dormir.
En aquella parte del barco,
el agua ya alcanzaba los tres pies.

La chimenea comenzó a ceder
y los pies se hacían más pesados a cada paso.
Se dirigío hacia la muchedumbre
y le pareció que el cielo se quebraba en derredor.

El barco zozobraba
mientras el universo abría sus entrañas.
Desde allá arriba se convocó una ayuda
que los ángeles declinaron.

Las luces del corredor se extinguían
con un parpadeo tenue y decadente.
Algunos cuerpos ya flotaban sin vida
al doble de la profundidad del casco.

Entonces los motores hicieron explosión
y los propulsores quedaron inutilizados.
La sobrecarga en las calderas provocó
que la nave se quebrase por proa.

Los pasajeros salieron despedidos
súbitamente y en todas direcciones.
Mascullaban, caminaban a tientas y se precipitaban
cada uno más exhausto que el anterior.

El velar se desgarró en pedazos
entre las doce y la una de la madrugada.
Nada pudo evitarse con aquel repentino asombro.
El daño ya era irreparable.

Mientras tanto, el vigía yacía entre sueños
en la latitud del paralelo cuarenta y cinco.
Y soñó que el Titanic se hundía
postrado ante sus rodillas.

Wellington estaba dormido
cuando su cama comenzó a moverse.
Su valeroso corazón latió con fuerza
y logró apartar los escombros a un lado.

Fragmentos de elegantes vasos de cristal rotos
se iban esparciendo por todas partes.
Ajustó sus pistoleras,
y calculó el tiempo del que disponía.

Sus hombres y camaradas
no daban señales de vida,
y se mantuvo en silencio a la espera
de encontrar el momento exacto para actuar.

A duras penas logró abrirse paso
entre una oscuridad que casi podía respirarse.
Atisbó toda clase de horrores
y voces que suplicaban desde cada rincón.

La sirena de alarma retumbaba en vano
tratando de contener la fuga que anegaba el barco.
Amigos y amantes se aferraban
frente a frente, el uno al otro.

Las madres agarraban a sus niñas,
y corriendo escaleras abajo
saltaban hacía las aguas glaciares
rezando sus oraciones de amor y misericordia.

El señor Astor, un rico magnate
besó a su querida esposa.
Y nunca llegó a ser consciente
de que sería ese beso el último viaje de su vida.

Calvin, Blake y Wilson
barajaban y apostaban a pesar del apagón.
Tampoco sobrevivió ninguno de ellos
para poder contar esta historia.

Siquiera aquellos hermanos, que se protegían
juntos ante cualquier circunstancia,
lograron no pelear entre ellos por sobrevivir
en aquella danza mortal.

La avalancha sobre los botes salvavidas
ya había comenzado ante la evidencia de hundimiento.
Muchos allí se convirtieron en cobardes alimañas
y rompieron espaldas y cuellos para salvarse.

Entonces el obispo salió de su camarote
para ayudar a todo el que lo necesitase.
Elevó su mirada hacia los cielos y sentenció:
“Aquí tienes a los pobres, alimentate de ellos”.

Davey, la madam del burdel,
salió para despedirse de sus chicas,
cuando le sorprendió la crecida de las aguas
cambiando su percepción del mundo para siempre.

Jim Dandy, en cambio, no perdía la sonrisa.
Aunque nunca fue capaz de aprender a nadar,
cuando vio a aquel pequeño niño impedido,
se le ocurrió que debía ofrecerle su asiento.

Quedó entonces absorto en el fulgor
que las estrellas emitían desde el este.
Y, aunque la muerte continuaba su masacre,
su corazón, en paz, ya las había alcanzado.

Algunos se protegieron bajo las escotillas
pero éstas tampoco resistieron.
Todos ellos se ahogaron junto aquellas escaleras
de bronce y bañadas en oro.

Leo le dijo a Cleo:
“creo que me estoy volviendo loco”.
Pero él ya había perdido por completo la cabeza
si es que alguna vez la había tenido.

Cuando trató de bloquear una de las entradas
para salvar a todo el grupo de los daños,
la sangre comenzó a manar a borbotones
de una herida abierta en su brazo.

Los pétalos se fueron deshojando de las flores
hasta que todas fueron despojadas
en las espantosas e interminables horas
en que el hechicero llevó a cabo su maldición.

Sirviéndose un brandy, se instaló como anfitrión
placidamente ante el suceso.
Allí se alojó hasta que todo hubo acabado
y a fe que fue el último en abandonar.

Pero allí también habían muchos otros,
personas que quedaron anónimas para siempre.
Gente que nunca llegó a surcar el océano
ni abandonado sus casas con anterioridad.

Mientras tanto, el vigía yacía entre sueños
donde el daño ya estaba hecho.
Y soñó que el Titanic se hundía
tratando de encontrar a quien dar el aviso.

El capitán balbucía su último aliento
arrodillado frente al timón.
Estaba atrapado sin salida
entre cincuenta toneladas de acero.

Revisó su brújula una vez más
pero esta vez en lugar de la aguja
sólo pudo ver su rostro perdiendo el norte.
Y tuvo entonces la certeza de quien sabe perdida la carrera.

Entre la iluminación ominosa,
le asaltó el recuerdo de los años pasados.
Y creyó estar leyendo el libro del Apocalipsis
cuando su copa rebosó de lágrimas.

Una vez acabada la siniestra cosecha,
mil seiscientas almas habían encontrado su descanso.
Entre ellas, las de buenos y malvados, las de ricos y pobres,
incluso las más adorables y mejores.

Todas ellas, en el desembarco de sus vidas
trataban de entender lo imposible.
Es inalcanzable llegar a comprender
cuando es la mano de Dios la que juzga.

La noticia se propagó por telegramas
haciéndose eco con una fuerza letal
pero, como en el amor, se fue apagando el fuego
y las cosas acabaron siguiendo su curso.

En cambio, el vigía aún yace soñando
todo aquello que pudo haber sido.
Y sueña con el Titanic hundido
en el profundo mar azul.

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Publicado el septiembre 19, 2012 en Música, Poesía. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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