Un conjuro

Fotografía de Emilio Sirletti

Tomad con las dos manos un puñado
de tierra inglesa, mientras
en luz baja rezáis una oración
por los que están debajo;
no por los ilustres o famosos,
sino por los que no
destacaron en vida ni al morir,
de los cuales no queda testimonio ni llanto.
Poneos la tierra sobre el corazón
y quedará sanado todo mal.

Endulzará el aliento febril, aliviará
las heridas del alma,
refrenará la mano y el cerebro
demasiado ocupados y hará más
llevadera la lucha a muerte contra
el inmortal dolor de seguir vivos;
restablecidos ya, seremos prueba
de las gracias del cielo.

Buscad luego estas flores:
en primavera, prímulas abiertas
como caras bonitas; en verano,
rosas silvestres como corazones abiertos ;
en otoño, alhelíes crecidos en las grietas
de un cercado; en invierno,
para contrarrestar la oscuridad,
unos brotes de hiedra atestados de abejas.

Buscadlas y tratadlas con cuidado,
desde la Candelaria hasta la Navidad.
Usadas como Dios manda, estas flores
sencillas darán fuerza a la vista cansada
y purificarán los ojos irritados.
También nos mostrarán el tesoro escondido
en medio de los campos familiares
y nos revelarán (falta nos hace)
que todos, por supuesto, somos reyes.

“Un conjuro”, poema de Rudyard Kipling, traducido por José Manuel Benítez Ariza.

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Publicado el abril 5, 2012 en Poesía. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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