“La Colmena”, Camilo José Cela

Ciertas novelas se terminan de leer y aunque uno se ponga en la tesitura de planteárselo, se siente  incapaz de emitir un juicio de valor concreto sobre la obra. Esto me ocurre a mí con “La Colmena”. La leí, imagino que como muchos, obligado por la situación cuando apenas podía comprenderla, y es por eso que años más tarde, borrada por completo de mi memoria, se tropezó de nuevo conmigo la curiosidad por redescubrirla. Después de esto, y conociendo mis capacidades, todo apunta a que dentro de unos años vuelva a sucederme lo mismo, una y otra vez, pues creo imposible que, por muchas veces que la lea, vaya a conseguir catalogarla de tal manera que cuando se me vuelva a cruzar en el camino recuerde exactamente a qué me supo. Eso sí, esta segunda lectura, ya sólo por deleite, me hace reconocerle un valor literario que le creo ganado con merecimiento.

Escribo estas lineas, más que para recomendación a otras personas, más que por dejar con ellas un análisis pormenorizado, más que por dejar apuntes que vayan a servir a algún futuro mal estudiante a salir del paso en un trabajo sobre esta obra, para dejarme el testimonio a mí mismo de ya haber vivido en “La Colmena”. Por eso, siento el egoísmo, creo que estas impresiones van a ser completamente inútiles para otra persona que no sea yo. En este sentido, me temo, la escritura de Cela no es más que la recreación de una realidad concreta a la que sólo merece la pena acercarse de manera individual y por cuenta propia ya que implica un esfuerzo deseado descubrir el mayor valor para mí de esta novela, adentrarse y comprender esa magia que sólo poseen las buenas obras, la de hacerte vivir por unas horas dentro de un tiempo y un lugar que no es el tuyo, el privilegio de respirar otra época para así quizá entender mejor esta.

Sí, efectivamente, “La Colmena” es a mi entender una novela histórica con todas sus consecuencias. Una novela histórica que se tira a la calle unos escasos días del Madrid de postguerra, del 1942, y se empapa de las costumbres, de los modos, de la manera de ser de los habitantes anónimos y no tan anónimos que conviven en un momento de opresión y pobreza generalizado, reflejo de las primeras consecuencias de la instauración del sistema franquista. Pero, en absoluto, el discurso es una crítica ni una defensa de una postura política concreta, el discurso es sólo un cúmulo de pequeños detalles, de pequeñas actitudes en sus personajes, de pequeñas situaciones sin aparente relevancia, un cúmulo de fragmentos de la vida ordinaria que acaban construyendo un todo, un todo que es el testimonio más objetivo posible al plasmar la realidad en palabras, esto es, describir las consecuencias y dejar que sean ellas solas las que juzguen el quehacer político y social del determinado momento. La censura a la que estuvo sometida durante muchos años “La Colmena” se entiende, en este sentido, en el alto grado de desnudez  que ésta tiene a la hora de abordar temas tabú, sobre todo relativos a la moralidad sexual y a la muestra explícita de una atmósfera cargada, casi angustiosa, de la necesidad y la miseria, en hombres y mujeres que sobreviven el presente sin la esperanza de un futuro. Todo es nebuloso y cercano a la tragedia en una rutina abocada a un pasar del tiempo en vano, y no hay más destino que pelear el sustento y apartar las florituras, porque el amor es secundario con el estómago vacío “y cuando falta el cariño hay que buscar el calor”.

Me sorprende, por otra parte, la monumental capacidad de síntesis descriptiva que utiliza Cela en esta novela. Su dominio del vocabulario castellano y su prosa con ciertas concesiones al lirismo me han parecido extraordinarias, no descubro yo nada de un premio Nobel, pero su estilo me parece de una perfección al alcance de pocos. Dejo a continuación un fragmento, la breve pero precisa descripción del señor Ramón, que ejemplifica con creces lo que comento:

El señor Ramón anda por los cincuenta o cincuenta y dos años y es un hombre fornido, bigotudo, colorado, un hombre sano, por fuera y por dentro, que lleva una vida honesta de viejo menestral, levantándose al alba, bebiéndo vino tinto y tirando pellizcos en el lomo a las criadas de servir. Cuando llegó a Madrid a principios de siglo, traía las botas al hombro para no estropearlas. Su biografía es una biografía de cinco líneas. Llegó a la capital a los ocho o diez años, se colocó en una tahona y estuvo ahorrando hasta los veintiuno, que fue al servicio. Desde que llegó a la ciudad hasta que se fue quinto no gastó ni un céntimo, lo guardó todo. Comió pan y bebió agua, durmió debajo del mostrador y no conoció mujer. Cuando se fue a servir al Rey, dejó sus cuartos en la Caja Postal, y cuando lo licenciaron, retiró su dinero y se compró una panadería; en doce años había ahorrado veinticuatro mil reales, todo lo que gano: algo más de una peseta diaria, unos tiempos con otros. En el servicio aprendió a leer, a escribir y a sumar, y perdió la inocencia. Abrió la tahona, se casó, tuvo doce hijos, compró un calendario y se sentó a ver pasar el tiempo. Los patriarcas antiguos debieron ser bastante parecidos al señor Ramón.

No quisiera terminar sin añadir un par de aspectos que me parecen interesante tener en cuenta antes de leer “La Colmena”. El excesivo número de personajes, así como la carencia de un hilo argumental dominante, hacen de la lectura de esta novela una lectura carente de incentivos. Quiero decir, si no se antoja convencional la escritura de una novela hecha a retazos, que pretende a base de pinceladas relatar un todo (lo consigue), he de decir que tampoco es conveniente leerla con las espectativas habituales de una novela. En este sentido, en mi experiencia, he tenido que despojarme de esa predisposición a buscar un desencadenante, una trama y una resolución o a intentar, por otra parte,  familiarizarme con los protagonistas. Todo esto no tiene cabida en “La Colmena”. Lo mejor en ella es dejarse llevar, porque ante el desconcierto de las idas y venidas uno acaba por descubrir la historia de un colectivo social y eso es francamente difícil de encontrar, también de entender, en una obra literaria. Por otra parte, es en toda esta complejidad estructural y temática comentada donde se produce la innovación que hace de esta novela un referente literario y el cual yo trataré de tener en cuenta, me lo prometo, la próxima vez que me cruce de nuevo con “La Colmena”.


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Publicado el marzo 11, 2011 en Literatura. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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