Una estrella en la camiseta

Desde hace algo más de un mes, última vez que porté mis esfuerzos por aquí, el escudo de España ya tiene su camino abierto a la constelación espacial con la primera estrella que la acredita como campeona del mundo. Es curioso cómo pasado el tiempo uno no termina de creerse que ciertas cosas hayan pasado y las va guardando para rememorarlas de vez en cuando, bien confundiéndolas con el modo en que creyó que ocurrieron, bien mezclándolas con lo que en realidad ocurrió. En cualquier caso, y llegado el momento, uno ya no sólo acaba por ser el producto de su historia, también es, en gran medida, el resultado de sus fantasías. Y ambas van tan estrechamente ligadas que a veces viajamos de la una a la otra sin solución de continuidad y las alimentamos respectivamente con el fruto que cultivamos en  la otra.

Para redimirse de haber matado a sus hijos, Hércules visitó el Oráculo de Delfos, y éste como plegaria le ordenó ponerse durante doce años al servicio de Euristeo, rey de Tirinto. Durante la estancia Hércules tuvo que enfrentarse a numerosas dificultades impuestas por el monarca. En una de ellas se ordenó a Hércules robar el ganado de Gerión, un ser fabuloso que poseía tres cuerpos y que vivía en el lejano Occidente. En tiempos del Imperio Romano, Hispania era considerada como uno de los límites del mundo y el único mar explorado era el mar Mediterráneo. Pocos eran capaces si quiera de soñar atravesarlos, a muchos les aterraba la posibilidad de tropezar con el final de la Tierra, caerse del planeta y ya no poder regresar, otros lo creían un lugar lleno de seres monstruosos y hostilidades. Pues bien, Hércules, con su titánica fuerza, se encargó de separar Europa de África dando lugar a lo que hoy sería el Estrecho de Gibraltar. Cruzó hacia el océano, se apoderó del ganado y al volver, tal fue el peligro que debió de haber advertido que colocó dos columnas, una en cada extremo del Estrecho, señalizando que allí mismo se acababa el mundo, que no existía un más allá (“Non terrae plus ultra”).

Esas dos columnas, las columnas de Hércules, están, como la estrella de las innumerables camisetas vendidas de la selección, en el escudo de España. Cada una lleva una palabra que da lugar a la leyenda “plus ultra” (más allá). ¿Y por qué digo esto? Si uno se para a pensarlo el simbolismo de ellas es mucho más inspirador que el de la estrella de haber sido campeón del mundo. El mayor de los desafíos ya estaba impreso en ese escudo mucho antes de haber ganado nada. Retamos al mismísimo Hércules, atravesamos sus columnas, fuimos más allá, y donde todo se supone que acababa descubrimos un lugar desconocido, un nuevo mundo. Y después de todo ahí nos quedó una valiosa lección, no existen los límites, sólo los que nos autoimponemos. Porque después de haber conseguido la máxima aspiración, en el horizonte se siguen dibujando nuevos desafíos, siempre que todo parece terminado aparece un nuevo “plus ultra”.

Tras muchos intentos, al fin, España ya tiene su estrella, y mirándola me resulta inevitable posar la mirada en el cielo y pensar en dos viajeras que partieron hace 33 años de nuestro planeta rumbo a explorar las estrellas de verdad. La Voyager 1 y su gemela la Voyager 2, que hoy están a 14 horas luz de la Tierra (a más de 15 mil millones de kilómetros), después de haber visitado Marte, Júpiter, Saturno y Urano, y que empiezan a abandonar nuestro Sistema Solar en un camino sin retorno hacia el espacio interestelar. Más temprano que tarde vagarán errantes por la inmensidad hasta que alguien, probablemente muy distinto a nosotros, las encuentre. Las mirará con cierto recelo, las estudiará con detenimiento y escuchará, entre otras cosas, esto…

probablemente después venga a salvarnos, si es que para entonces aún seguimos existiendo y no hemos agotado hasta la extenuación el único hogar capaz de acogernos. De lo contrario aún quedará de nosotros, aunque sólo sea eso, nuestra música. Nuestra música viajando en el espacio. Y de momento, hasta que eso pase, también una estrella en la camiseta.

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Publicado el agosto 20, 2010 en Reflexiones. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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