“Los 400 golpes”, François Truffaut

Esta película, considerada como una de las iniciadoras de la Nouvelle Vague (Nueva ola) francesa supone, además, la primera obra de Truffaut en la que este ejerce, como mandan los cánones del cine de autor, de guionista. Toda su puesta en escena está impregnada  de una delicadeza y esquisitez aplastante. A simple vista pueden escaparse numerosos detalles que podrían convertirla en la mera descripción de las pillerías de un niño renegado y rebelde, pero todo esto va mucho más allá y la visión que Truffaut nos ofrece de ella profundiza de tal modo en la psicología del personaje, que llegamos a comprender perfectamente los motivos internos que empujan al niño a desempeñar este tipo de comportamiento. Me pareció un perfecto ejemplo de esas historias a  las que tan aficionados son los franceses, esas donde una acumulación de factores externos contra los que no se puede luchar arrastran al protagonista, de forma casi involuntaria, a convertirse en un excluido social.

Llegamos a ser conscientes de las presiones que el niño sufre, y que tan bien él mismo expresa en una de las escenas que más me gustaron, su entrevista con la psicóloga en el correccional. Descubrimos de qué manera le atormenta la idea de ser el fruto indeseado de una madre por la que no se siente querido, su sensación prolongada de frustración y culpa de “ofender a los muros de la clase”, a la que el profesor le castiga. Y la impotencia de sentirse sometido a una realidad que le oprime y le maltrata lo arrastran a un inevitable deseo de escapar, de buscar su libertad, como no, hacia el mar.

Destaco, por otra parte, tres instantes clave en esta obra. Tres secuencias que me parecieron de un lirismo a la altura de los mejores momentos que el cine haya sido capaz de dejarme grabado en las retinas. Una es la carrera del niño, convertido en accidental vagabundo, lavándose la cara en la fuente helada del parque. Otra es su visión de las calles de París desde detrás de los barrotes del coche de policía que se lo lleva preso.  Esa nebulosa mirada es el fiel reflejo, el más significativo a mi entender, de la conciencia de un niño que comprende que ha dejado de serlo y que es consciente de que la belleza, el sentirse protegido y amado, es algo que ya nunca tendrá a su alcance. Una especie de “Ya ni quedará París”.

El tercero, como no, es el colofón. Esa interminablemente bella carrera hacia el final. Ese correr, correr, escapar. Correr, correr, llegar al mar, es sencillamente la guinda. En fin, qué más añadir, sé que se dice de muchas, pero esta película tiene con todo merecimiento un gran puesto en la memoria del cine. Y, cuando se trata de una película que aborda con tanta sencillez y elegancia la lucha contra lo políticamente correcto y establecido, cantado por una de sus injustas víctimas, no seré yo el que venga a negárselo.

Puntuación: 8

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Publicado el diciembre 6, 2009 en Cine. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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