“La carretera”, Cormac McCarthy

Si para decidir sobre la mediocridad o brillantez de una novela tuviéramos que ceñirnos al baremo de la profundidad de afección que ésta deja una vez acabada, tendría que decir, sin temor a equivocarme, que “La carretera”, de Cormac McCarthy es una obra maestra de la literatura. La ganadora del Pulitzer de ficción en 2007, crea una atmósfera tan asfixiante a lo largo de sus poco más de 200 páginas, que cuando llega el momento de abatir por última vez su contraportada, la sensación de congoja no se diluye. Más bien al contrario, a uno le queda el poso y el sabor de que le han dado un paseo por el infierno mismo, y no se sobrepone.

La prosa de McCarthy es tan seca y directa y al mismo tiempo tan lúcida que desborda realismo a cada palabra. Su manera de contar la absoluta desolación que esta historia supone, parece traída de ese mismo mundo destruido en el que el instinto de supervivencia es ya el único de los motivos para seguir existiendo. Un sobrevivir a través de la inocencia e indefensión de un niño, la bondad que encarna el único resquicio de esperanza en un universo en el que ya no existe.

Una vez más, como tantas veces se da en la literatura, aparece la metáfora del viaje en dirección al sur. La inmovilidad como sinónimo de muerte. Y este es un tema que personalmente me apasiona. Me parece poderosamente llamativo hasta qué punto asociamos el camino hasta encontrar el mar con nuestra idea de ser libres, y que la dirección hacia éste siempre sea el sur, como si la reminiscencia de otra vida que anhelamos nos empujase continumente a tomar de forma irremediable este destino.

Pero independientemente de aquella, esta novela tienen a mi entender otra metáfora mucho más importante, quizá la más generosa y bonita de todas las alegorías humanas, el mito de Prometeo. El sacrificio del padre que convence al hijo de que son los portadores del fuego como una responsabilidad que ha de mantenerlos luchando hasta el final a pesar de los sacrificios, no deja de ser la estremecedora imagen de la vida perpetuándose invencible incluso en las entrañas de la muerte.

De reseñar son también en esta novela los diálogos entre padre e hijo. Hasta tal punto son realistas que no sólo parecen transcripciones textuales de lo hablado sino que se pueden incluso percibir sus silencios, llenos de la aflición y la angustia de que cada día puede ser el último y del brutal desgaste que supone tener que estar alerta a cada segundo para intentar seguir viviendo. A este respecto, me viene uno de los momentos que más me gustó entre las conversaciones de ambos. Llegados a un punto, el niño le pregunta al padre qué es la cosa más valiente que ha hecho nunca, y el padre le responde: Levantarme esta mañana. Frase que el niño no entiende pero que es completamente reveladora de todo el espíritu que impregna a esta maravillosa novela.

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Publicado el diciembre 4, 2009 en Literatura. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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