Así se empieza una buena historia

Me estoy acordando ahora, no encuentro el motivo, del comienzo del “David Copperfield” de Dickens. Lo estoy sopesando después de varios meses de haberlo leído y es monumental. Es una novela perfecta, con uno de los mejores capítulos que se hayan escrito o se escribirán nunca, el de “La tempestad”. Pero es que el arranque…el arranque es una cosa magistral. Para los que quieren escribir un libro, que sé que son muchos, que vayan tomando nota de cómo hay que empezarlo. Lo dejo aquí, pero ¡cuidado! al que lo lea, corre el riesgo de engancharse y la cosa anda por las mil páginas. Eso sí, qué maravillosas mil páginas. Me deshago en halagos, que diría el clásico. Sublime, memorable, homérico, irrepetible, elegante hasta el tuétano. Digno de no olvidarse nunca.

Si soy yo el héroe de mi propia vida o si otro cualquiera me reemplazará, lo dirán estas páginas. Para dar comienzo a mi historia desde el principio, diré que nací (según me han dicho y yo lo creo) un viernes a las doce en punto de la noche. Y, cosa curiosa, el reloj empezó a sonar y yo a gritar simultáneamente.

Teniendo en cuenta el día y la hora de nacimiento, la enfermera y algunas comadronas del barrio (que tenían puesto un interés vital en mí varios meses antes de que pudiéramos conocernos personalmente) declararon: primero, que estaba predestinado a ser desgraciado en esta vida, y segundo, que gozaría del privilegio de ver fantasmas y espíritus. Según ellas, estos dones eran inevitablemente otorgados a todo niño (de un sexo o de otro) que tuviera la desgracia de nacer en viernes y a medianoche.

No hablaré ahora de la primera de las predicciones, pues esta historia demostrará si es cierta o falsa. Respecto a la segunda, sólo haré constar que, a no ser que tuviera este don en mi primera infancia, todavía lo estoy esperando. Y no es que me queje por haber sido defraudado, pues si alguien está disfrutando de él por equivocación, le agradeceré que lo conserve a su lado.

Nací envuelto en una membrana que se trató de vender, anunciándola en los periódicos, al módico precio de quince guineas. No sé si los marineros en aquella época tendrían poco dinero o si lo que tenían era poca fe y preferían cinturones de corcho; lo que sí sé es que sólo se presentó un comprador, comerciante, que ofrecía por ella dos libras en plata y el resto en jerez, negándose a pagar ni un céntimo más por la seguridad de no morir ahogado. Como la adquisición de los vinos no interesaba a mi pobre madre, pues acababa de vender los suyos, desistió de la venta, después de retirar los anuncios, que tuvo que pagar. Diez años más tarde mi membrana fue sacada a sorteo en nuestra aldea, al precio de media corona la papeleta y con la condición de que el agraciado con ella pagaría además cinco chelines. Yo estuve presente en el sorteo, y recuerdo que me sentía humillado y confuso de que dispusieran así de una parte de mi persona. Le tocó a una señora que llevaba un gran bolso de mano, del que sacó de muy mala gana los estipulados cinco chelines, todos en medios peniques, y además dio un penique de menos, no sirviendo de nada el tiempo que se perdió en explicaciones y demostraciones aritméticas, pues no lograron convencerla de ello. Y es un hecho, que todos recuerdan como sorprendente, que la señora no murió ahogada, sino triunfalmente en su lecho a los noventa y dos años de edad.

Tengo entendido que dicha señora, mientras tomaba el té, que era su ocupación favorita, solía vanagloriarse de no haber estado encima del agua mas que una vez en su vida, y eso pasando un puente, y que se indignaba mucho contra los marinos y demás personas que tienen el atrevimiento de vagabundear por esos mundos. En vano se le demostraba que muchas cosas buenas (el té entre ellas) se disfrutaban gracias a aquellas aficiones refutables. Ella replicaba cada vez con mayor energía y confianza en la fuerza de su razonamiento:

-No, no; nada de vagabundear.

Para no «vagabundear» yo tampoco, volveré al punto de mi nacimiento.

Nací en Bloonderstone, en Sooffolk, o « por ahí», como dicen en Escocia, y fui un niño póstumo. Los ojos de mi padre se cerraron a la luz de este mundo seis meses antes de que se abrieran los míos. Aún ahora supone algo extraño para mí el hecho de que nunca me llegara a ver; y todavía más extraño es el oscuro recuerdo que conservo de mi primer encuentro, siendo un niño, con la piedra blanca de su tumba en el cementerio; la indefinible compasión que sentía al recordarle allí tendido y solo en la noche oscura, mientras nuestra salita estaba caliente a iluminada por el fuego y las velas, y las puertas de la casa estaban cuidadosa y cruelmente (me parecía entonces) cerradas.

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Publicado el junio 11, 2009 en Literatura. Añade a favoritos el enlace permanente. 3 comentarios.

  1. Espera, ya sé por qué me ha venido esto a la cabeza, ha sido porque estoy rayándome con la cancioncita que he puesto en la anterior entrada. Lo de nacidos para perder. Cómo he enlazado inconscientemente. A veces me doy miedo a mí mismo. Ahora que lo pienso es una canción que le viene al escrito que ni pintada.

  2. A uno se le quitan las ganas de empezar a escribir el dichoso libro. Esto es lo que deberían leer en la ESO, Bachiller, y no lo hacen. Tampoco en la Universidad, quizás porque consideren más importante otras obras como las del techo de la clase. Cada vez soy peor haciendo bromas. La acidez acabó. En fin, somos de los nacidos para peder. En ese batallón nos encontramos, por lo menos lo sabemos.

  3. Vida, obra y milagros. Una mentira, un andamio y una señorita. Bendito sea el fin de la acidez, lo que yo me ahorro ahora en Almax.

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