Érase una vez en América

La otra noche estuve viendo una de las películas que más me han gustado desde hace mucho tiempo. “Érase una vez en América”, de Sergio Leone. A partir de ahora la colocaré sin duda entre mis favoritas y eso que últimamente la mayoría de las que he visto son bastante buenas. Sin ir más lejos también me topé no hace demasiado con otra que debería guardarse como oro en paño, “El hombre que pudo reinar”, a la que no sabría darle un calificativo porque es, como en realidad son todas las genialidades, incatalogable.

Pero de esa ya hablamos otro día. Volvamos a esta cosa tan bonita que vi la otra noche. Lo mismo exagero, pero me pareció tan triste y tan profunda que a pesar de que la película dura más de tres horas y media, la tuve que ver dos veces seguidas, y si no hubiese sido porque los ojos ya me daban su rotunda negativa a seguir sin un descanso, la habría puesto otra tercera y me habría quedado allí absorto como la primera vez. Encontrando más y más detalles.

Una historia que sin ser perfecta, para mí gusto hay tramas secundarias completamente accesorias, se convierte en su conjunto en un universo donde poco importa que haya cosas que sobren o que falten.Porque también hay cosas que faltan, y tal vez por eso fue que me gustara tanto. Es un placer que una película te desafíe a interpretarla desde el principio, que te trate de tú a tú con inteligencia, llevándote de un lado a otro, arrastrándote y soltándote, jugando contigo. Y es que al final, todo lo que de verdad importa en ella acaba encajando con una sutileza poco habitual. Hay que estar muy atento para comprenderla.

Gangsters, violencia, sexo, superficialmente la película parece sólo eso, pero el tema principal, la amistad traicionada, se encierra con tanta nostalgia, sobrevive con tanta entereza, que a uno le queda la sensación de haber asistido a la narración de algo profundamente hermoso e indestructible. Tanto que, a pesar de convertir toda la película en una gran mentira, ni la mentira es capaz de desdibujarle el alma. Dice el protagonista, De Niro, en uno de los diálogos, que a los ganadores ya puede reconocérseles desde la salida. Yo le estuve dando vueltas a ese asunto y al final la película me dio una importante respuesta: hay perdedores que nunca perdieron contra sí mismos, y a éstos, a pesar de haber perdido, nadie pudo ganarles.

Pero en esta película no sólo es bella su historia, lo es también su atmósfera. Visualmente me pareció impecable, tiene planos cargados de una lírica especial, yo diría que cinematográficamente memorables. Las calles de los suburbios de Nueva York, el vestuario, pero sobre todo las elipsis. Los saltos en el tiempo son tan inmensamente estéticos que hipnotizan. Trasladan con tanta suavidad de un tiempo a otro, a veces con melancolía, a veces con sobresaltos, que uno, en lugar de perderse, se queda embobado, atrapado dentro de la historia, colándose por los huecos de la pared a través del tiempo, sin apenas darse cuenta. A este respecto escribía precisamente esta entrada, que se me está alargando más de lo que tenía previsto. Quería poner una escena, que si la memoria no me falla, y dejando al margen aquella de “Slumdog Millionaire” en la que se pasa de la infancia a la adolescencia cayendo de un tren en marcha, o la histórica transición de “2001: Odisea en el espacio” es, que yo recuerde, de las que más me han impactado, de esas que no se me borrarán de la memoria.

En definitiva, no abundo más en la peli, a pesar de que sea imperdonable no decir nada de la banda sonora a manos de Ennio Morricone, sólo recomendársela al que no la haya visto como una de las imprescindibles en todo buen cinéfilo. Aquí os dejo la escena mencionada. De Niro vuelve a asomarse a aquel agujero desde el que se enamoró por primera vez para convertirse de nuevo en el chiquillo donde empezó todo.

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Publicado el abril 18, 2009 en Cine. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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