Lo mismo en otro tiempo y en otro lugar

No, y el curso de la vida no nos cambió, aunque sí de tiempo y de lugar. Tal vez resulte que somos eternamente inmutables en nuestro yo (viviendo tan sólo del presente) y lo único que varíe continuamente sean las circunstacias. Empezaremos por decir que pasaron varias cosas en la ausencia que durante este período de abandono tuve de mí mismo. Por ejemplo, todo fue poner un tequila para brindar por la despedida y las rondas ya no quisieron parar ni cuando se decidieron a poner la sexta. Así que, aunque completamente embriagado por su rapidez, pienso, con la vista ya en algún otro sitio, que lo que sigo aún hoy en día buscando es la estela que nos dejó el último verano. Pero, si bien es cierto que el producto de multiplicar el recuerdo por el anhelo tiene como resultado inevitable la melancolía, la cosa no se quedó sólo en eso, dió para mucho más, les cuento.

Entre otras cosas, perdimos el miedo a volar, naufragamos unos días en una isla escasamente desierta y después, tras descubrir que es cierto aquello de que más allá de donde abarca el mar, se extienden otros lugares a los que soñamos con llegar que son aún mejores, volvimos a coger el miedo a despegar nuestros pies del suelo y llegamos a la conclusión de que, si es que es aquí donde uno tiene que quedarse, en realidad no se está tan mal como parece. Y si me apuran, yo no diría que no está mal, diría que está bastante bien. Las llaves de la puerta tardaron en llegar y, probablemente por eso, porque a veces sabe mejor lo que cuesta, siendo bastante menos de lo que se deja atrás y regalado, comienzo a sentirme aquí en algo parecido a lo que podría empezar a llamar mi propia casa.

Ahora que la fantasía final número doce llena con su melodía mis noches en blanco, invade a mi memoria la gloria de haber visto con mis ojos que en alguna ocasión llegamos a dominar Europa, el orgullo de tener la licencia de poder contar las cosas, aunque aún no haya encontrado un lugar donde quieran que las cuente. Esta cuestión, que ha dejado de preocuparme cada vez más conforme he puesto mi interés en escuchar un poco a los otros antes de empezar a hablar, es precisamente lo que me ha llevado a conocer personas que probablemente, y a partir de ahora, echaré de menos para siempre. De esta misma forma acompañé a un miserable, en el exhilio de su búsqueda y espera, que fueron también la mía, a lo largo del viaje de su vida, donde pisarle la ilusión a un niño se convirtió en el antes y el después de un héroe que, como todos, acabó también siendo olvidado. Jean, con la lápida sin nombre de los que fueron más que simples hombres, dejando un mensaje que, cada poco, la lluvia y el polvo terminan borrando para que sean otros quienes lo reescriban.

Poco tiempo más tarde, alrededor de un siglo después, tropecé con otro tipo singular, Ignatius. En lo que parecía iba a ser un disparatado encuentro, uno de los más divertidos que quizá nunca haya tenido, descubrí que aprender a manejarse en el absurdo probablemente sea tan importante como haber aprendido a manejarse en la vida, porque todas las genialidades son necias para quien no está dispuesto a poner de su parte aunque sea sencillamente la imaginación. El caso es que, como digo, durante esta dilatada ausencia, rota solo por las que menos me pidieron, aquellas que viven sólo de mirarse, tal vez lloré, tal vez reí, tal vez gané, tal vez perdí, y todo fue, puedo decir, a mi manera. A mi manera las pasé yo, y a su manera fueron pasando una cosa tras de otra, salvo una, porque, si hay algo que de verdad no cambia, es este jodido blog. Lo dejo mil veces tirado, lo visto, lo desvisto, lo peino y lo despeino y a pesar de ello siempre me sigue recibiendo. Tal vez por eso le haya cogido cariño. Tal vez por ello me haya hecho volver. Ahora que, insisto, ya con licencia para poder contar las cosas, lo que me apetece es embarcarme en otras historias.

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Publicado el octubre 13, 2008 en Reflexiones. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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