“El origen de la vida”, según Millás

Se van acumulando poco a poco indicios de que el origen de la vida es extraterrestre. Ya lo sabíamos, pero las pruebas recién aportadas por Jeffrey Bada en la reunión de la Asociación Americana para el Avance de las Ciencias han dejado a más de uno un poco estupefacto.
Digo que ya lo sabíamos porque si fuéramos de este planeta no nos sentiríamos tan extranjeros en él. La verdad es que nunca nos hemos encontrado a gusto aquí; es cierto que nos maravillan los amaneceres africanos y las puestas de sol sobre el mar de Grecia, y que nos quedamos con la boca abierta frente a excesos como las cataratas del Niágara, pero también es verdad que hay un momento de la tarde, cuando el sol está a punto de caer, pero no cae, en que sentimos en el pecho una opresión algo angustiosa. Y también que al mirar algunas montañas, vemos planear sobre ellas la sombra de un pensamiento oscuro, de una amenaza. Nos gusta el mundo, en fin, porque está lleno de cosas raras, como las piedras y los árboles y los océanos, pero nunca nos hemos encontrado en él como en casa.
Además de eso, la confirmación de que procedemos de algún remoto lugar de este o de otro universo, no se sabe, plantea también algunas cuestiones sobre el cuerpo. Con el cuerpo pasa lo mismo que con el mundo, que, aun pareciéndonos admirable, no acabamos de encontrarnos a gusto en él. Es como un traje que nos viene demasiado grande o demasiado pequeño, según. Y es que el cuerpo, seguramente, tuvimos que adquirirlo al llegar a la Tierra, porque es que aquí no se puede vivir sin cuerpo. Pero no nos gusta, la verdad; además produce muchos sinsabores. O sea, que a lo mejor lo del alma no es un invento, sino el recuerdo de lo que fuimos en ese otro mundo del que procedemos y al que anhelamos volver.
Desde que leí la noticia, me duermo pensando en ese lugar mítico en el que vivíamos sin cuerpo y sin las servidumbres a que nos somete, pero me hago cargo de que en este planeta sin cuerpo no vas a ningún sitio: lo importante es saber que se trata de una prótesis.

Articuento de Juan José Millás.
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Publicado el marzo 6, 2008 en Reflexiones. Añade a favoritos el enlace permanente. 2 comentarios.

  1. Es indudable que Millás es un máquina, ¿verdad? Siempre me ha gustado. Cada vez que publica una columna, me invade por dentro una alegría extraña de leer la que es posible que será una gran historia.

    Pero una cosa, al principio del texto hablaba sobre extraterrestres y lo cierto es que él tiene cara de alinígena. Yo que tú llamaría a la NASA para que investigasen su origen y lo que está claro es que, por la forma de escribir que tiene, de otro mundo es segurisimo.

    Un abrazo

    Un abrazo

  2. No voy a ser yo demasiado objetivo hablando de Millás, me encanta ese punto de chifladura con el que mira las cosas, me parece uno de los escritores más divertidos que he leído. Es capaz de transformar lo más inverosímil en trascendental, y lo más trascendental en inverosímil. Sin duda, es diferente. Y se agradece.

    Sí que es verdad que parece un poco extraterrestre, y todavía más cuando lo oyes hablar. Mi teoría es que está bastante loco, pero todos los genios lo están. Es un requisito indispensable.

    Gracias por pasarte.
    Un abrazo.

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