Dios los cría y ellos ya no quieren juntarse

En algún momento de sus vidas se lo juraron eterno, pero no sabían que, como le ocurre a todo lo que sólo es eterno mientras dura, el amor también acaba. Así como en “el casarse pronto y mal” de Larra, por cada “sí, quiero” en la boca de un tórtolo obnubilado, vaga errante sobre otros labios moribundos: ” Hijo, despreocupación, boda, religión…infeliz”. Y en los tiempos que corren, si es que aún queda un pecado capital injustificable, es el de dejar que sea el otro quien atente contra la felicidad propia, más cuando para eso ya nos bastamos y sobramos solos. Y, claro está, siempre fue mejor hacerlo en soledad que intentarlo mal acompañado.

Desde la entrada en vigor de la Ley 15/2005 de 8 julio, que permite el divorcio sin necesidad de separación previa, se han producido cerca de 300.000 divorcios en nuestro país. Por lo que, luctuosamente, si los impávidos cálculos no fallan, podemos afirmar que alrededor de 600.000 españoles han dejado de quererse en los últimos dos años, la mitad de mutuo acuerdo. Y ahí no es donde queda lo alarmante del asunto sino que la tendencia continúa siendo al alza, por lo que llegará un momento en el que, parece, habrán más divorcios que bodas. A este paso, con el saldo del amor en números rojos, tendrá que celebrarse, unión y desunión, todo en uno. Y es que, no quisimos hacerles caso y probablemente tenían razón, España se separa.

“15 años tiene el amor”

Pero mirémoslo asimismo, por qué no, con los prismáticos optimistas. La duración media de los matrimonios que se terminan disolviendo es de 15’1 años, según los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE). Por lo que, con esta esperanza de vida, al matrimonio todavía se le asegura, con un poco de suerte, llegar a la adolescencia. Algo es algo. Sin embargo, en este sentido, resulta curioso comprobar cómo de esto, que parece noticia, ya teníamos también señales de información en el pasado. Esta vez nos lo advertía una canción: “15 años tiene el amor, dulce y tierno, como una flor”, ¿o era “mi amor”? En cualquier caso, es normal que lo supieran, ellos sí sabían ser un “dúo dinámico“, jugaban con ventaja.

Existe, en fin, otro aspecto en el que los datos siguen siendo demoledores, el mayor número de divorcios se produce entre los 40 y 49 años. Una vez más, se confirma la existencia de la conocida “crisis de los cuarenta en la que, dejando a un lado otras cosas principales, de malas a primeras, el caballero de la casa decide un buen día, con la socorrida excusa de salir a comprar tabaco, comenzar un viaje de regreso a la que fue su juventud para ya nunca más volver a ser el mismo. Aseguran, en cambio, los especialistas que, independientemente de quien protagoniza la espantada, el hombre tiende a deprimirse más que la mujer en este tipo de situaciones. Las féminas, por su parte, a la hora de decidirse a dar el paso del retroceso lo que alegan es, primordialmente, maltrato físico o psicológico, mostrando, además, una mayor preocupación por el futuro de los hijos, en el caso de que la pareja los tenga. Y suele ser así.

Los hijos y el reparto de bienes

En la mitad de las rupturas matrimoniales (51%), hay hijos menores de edad de por medio, y en la mayor parte de las veces sólo uno. Los psicólogos recomiendan en estos casos no ocultarle la situación al niño, pues hacerlo puede desarrollar un trauma en el menor. Practicar la desinformación con él le generaría falsas expectativas o la sensación de culpabilidad por el abandono si no se le llega a explicar correctamente lo que está sucediendo. Así, son precisamente los hijos el motivo más importante para que los matrimonios se resistan a consumar su desunión. Y a veces la cosa se prolonga indefinidamente, como en el chiste de Millás, donde una pareja de nonagenarios acuden al abogado para tramitar su separación. El letrado, sin dar crédito a sus ojos y después de haber resuelto su petición, una vez la pareja ya salía por la puerta cogida de la mano, no se resiste más y pregunta: “¿Cuál es el motivo por el que lo hacen?”. La anciana, mansamente da la vuelta y le contesta: “Hemos querido esperar a que murieran los hijos”.

Otra parte sustancial y no menos problemática del proceso de divorcio es el reparto del patrimonio. En este caso la situación suele complicarse, por lo que cada vez son más las parejas que optan por casarse en régimen de separación de bienes. “Lo tuyo es tuyo y lo mío es mío”. No obstante, esta independencia económica no priva de contribuir a los gastos comunes generados durante el matrimonio, a los cuales ambos tienen que sufragar en proporción a los ingresos de cada cual. Para decantarse por la unión en esta modalidad es necesario dirigirse, en primer lugar y antes de la boda, a un notario para dar cuenta de que son precisamente estas las voluntades. En caso de no hacerlo, en la mayoría de Comunidades Autónomas de nuestro país se aplica, con carácter general, el régimen de bienes gananciales, motivo por el que esta manera de unión siempre ha sido la más habitual. Aún así, el régimen económico matrimonial puede pactarse antes o después de casarse, ya que cabe la posibilidad de cambiarse en cualquier momento si la pareja lo considera oportuno.

Los negocios del desamor

El desamor es un nuevo negocio. Basta con teclear la palabra “divorcio” en cualquier buscador de Internet para darse cuenta de hasta qué punto. Lo escupen explícitamente los resultados: “Divorcio Express. 440 euros, todo incluido”, “Divorcio-ya”, “Divorcio en 24 horas”, “Divorcios a medida”. Y cuando aseguran hacerlo todo de una forma sencilla, rápida y económica. ¿Acaso se puede pedir más? No es de extrañar que pocos se resistan. Pero no, la avidez comercial no termina ahí, los hay todavía más innovadores. Alguna que otra mente lúcida, consciente de que una oferta de tales dimensiones tiene todos los visos de terminar creando adicción, ya se aventura, incluso, a vender sus consejos para la mujer sobre “cómo superar el primer divorcio” por página Web. Y es que esto debe ser un poco como todo, una vez le coge uno el tranquillo los demás ya van viniendo rodados. Cabe recordar, además, y esta vez para los hombres, que existen también consejos para ellos. A tales efectos se puede hasta encontrar alguna monografía que aspira a servir de “Guía para varones desesperados“. Por que, claro, una vez resuelto el problema de no aguantar al otro, lo mismo hay que empezar a gestionar la solución para uno que se antoja todavía peor: aprender a soportarse a uno mismo.

No obstante, el divorcio no sólo es practicado con regularidad en España, existen otros lugares del mundo en los que, a la vista de una moda a la que todos se apuntan, se han ido facilitando los trámites hasta el extremo. Es el caso, por ejemplo, de algunos países de creencias islamistas. Amparados por la “Sharia”, que da al hombre, entre otros muchos disparates, el privilegio de romper su matrimonio solo con decir tres veces seguidas: “Quiero el divorcio”, se ha llegado a dar la realidad de que enviando un SMS con las palabras: “Quiero el divorcio, quiero el divorcio, quiero el divorcio”, al número de teléfono móvil de la mujer implicada en la cuestión, todo queda listo de papeles, y se procede directamente a disfrutar de la nueva vida. Eso sí, hay que esperar primero unos segundos a la confirmación de la recepción del mensaje, no vaya a ser que luego vengan a reclamar por qué no se le había dicho. Otra cosa sí, pero que nunca le vayan a llamar a uno traidor por no haber avisado.

Mas, una vez más, la cosa no se queda sólo ahí. Y al ser humano, que siempre lucha por superar sus propios límites, no le basta con transformar el divorcio en un trámite sencillo, económico, y casi podríamos decir que rutinario, sino que, además, tiene que celebrarlo. Así, en Estados Unidos, aumenta cada vez el numero de empresas que se dedican a la organización de este tipo de eventos, en los que existen dos tipos de tendencias claramente diferenciadas. La primera, celebración de un divorcio hostil, en la que el desligado puede, además de disfrutar de los stripteases y demás jaranas montadas pertinentemente para la ocasión, optar también por entretenerse lanzando dardos a una foto de su ex pareja. La segunda, celebración amistosa del divorcio, se hace conjuntamente, lo cual no está de más, pues permite ahorrar gastos, y en ella ambos disfrutan de una agradable velada en grupo, justo después de haberse dado la mano sin rencores y haber pronunciado, y esta vez sí para siempre, aquello de “ha sido un placer haberte conocido”.

“Sí, quiero, esperar”

A la vista de tales circunstancias, donde la boda ya parece más el preámbulo de una historia destinada a terminar que una sentencia de unión eterna, es creciente el número de las parejas que deciden emprender una vida juntos sin antes haberse casado. Es la llamada “unión paramatrimonial” o “more uxorio”, vulgarmente conocida como “pareja de hecho”, y que de hecho lo son, pues jurídicamente también son reconocidas. Si bien, se exige que dicha unión tenga cierta estabilidad. En este sentido, aunque la legislación vigente no establece un plazo de tiempo concreto, en la “ley de arrendamientos urbanos” se considera maritalmente a la pareja que, independientemente de ser heterosexual u homosexual, lleve conviviendo al menos dos años o tenga un hijo en común.

Otro dato significativo es que el 12% de las uniones que existen en nuestro país son “de hecho”, según una encuesta realizada por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), sobre “fecundidad y valores en la España del siglo XXI”. Aunque no parece un dato excesivamente simbólico en primera instancia, el porcentaje va paulatinamente en aumento a medida que la edad de los implicados es menor. Así, por ejemplo, entre los 18 y 25 años, la “pareja de hecho” supone cerca de un 70% del total de parejas que conviven a esta edad, entre los 25 y los 35 años es poco menor del 40%, y ya a partir de los 40 años el porcentaje disminuye progresivamente hasta quedar por debajo del 10%. Por lo que es cierto que la gente se sigue casando, pero cada vez tardan más en hacerlo y prefieren convivir sus primeros años en “unión paramatrimonial”.

A pesar de ello, “Nos casamos”

En cuanto al tipo de matrimonio en nuestro país, siguen predominando los religiosos (cerca del 60%) frente a los civiles (alrededor del 40%). Si bien, un alto número de los que contraen matrimonio por lo civil (casi un 50%), afirman contemplar la posibilidad de una boda religiosa en el futuro. Existe, además, entre los encuestados, una creencia errónea generalizada de pensar que los matrimonios que se llevan a cabo por el rito eclesiástico confieren un mayor grado de estabilidad, y esto, a la hora de contrastarlo con los datos reales, resulta completamente falso, puesto que en la estadística de divorcios el porcentaje que se refleja es prácticamente el mismo, siendo, incluso, ligeramente superior el dato de las bodas religiosas.

En definitiva, suele tardar uno en decidirse, es consciente del alto grado de fracaso que corre, aunque lo de divorciarse se esté convirtiendo en algo “fácil y divertido”; ya no es una condición social necesaria el matrimonio para que una pareja pueda convivir sin estar mal vista, existen todo tipo de ventajas para actuar en el sentido contrario y, a pesar de ello, “Nos casamos”. Porque así somos, no nos conformamos con quedarnos en lo que tenemos, queremos probar para ver qué nos pasa a nosotros, tenemos la continua obsesión de desafiar a las leyes de la gravedad, aún a riesgo de que, muy probablemente, vayamos a pegarnos el mayor de los trompazos. Ya que, si es que tiene que ser así, y finalmente uno se lo pega, siempre le quedará el consuelo de poder levantarse de nuevo para irse a celebrarlo con los amigos.

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Publicado el febrero 29, 2008 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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