La vorágine en la fuente del eterno retorno

La vorágine de los días, las monedas, los deseos sin cumplir, los acontecimientos obligados, los escritos de despedida, los anexos de una revuelta. He recordado la clave y he venido a parar de nuevo aquí. Con la certeza de haber evolucionado en otro, celebro en esta callada ocasión todos los que me dejé siendo en el camino. Vengo a buscar consuelo terapéutico a mis aflicciones, contándoselas a esa nada misteriosa que de vez en cuando escucha. Esa nada convertida en nuestra mas fiel aliada y compañera. Todos los descubrimientos nos aguardan. Hemos escupido la hiel. Y el mundo sigue enteramente nuevo. Comencemos, más solos que nunca esta vez. Pero aún lo esperábamos. Bienvenido, capitán. Lo echábamos en falta.

Asegurar el regreso

DarthAbrahamFotografía de Darth Abraham

 «Y cuando uno se retira con la satisfacción del deber cumplido no necesita arrojar una moneda, como en la Fontana di Trevi, para asegurarse el regreso; uno sabe que ha de volver al día siguiente, o en algunos casos a los dos días… o tres o más… Bueno, no sé, en algún momento convendría probar con la moneda».

De ‘Loas al cuarto de baño’, Les Luthiers.

Mi amor por las telarañas

Cobwebs

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“¿Vas a confundir mi amor por las telarañas?”

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De ‘Cobwebs’, Ryan Adams.

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Diálogo interior del Ba

Regina H.
Fotografía de Regina H.

«Arroja las quejas a la pila de leña, tú, mi compañero, mi hermano […]. Quiéreme aquí cuando hayas apartado [la idea del] Occidente. Pero cuando se desee que tú alcances el Occidente, que tu cuerpo se una a la tierra, yo alzaré el vuelo, después de que la fatiga te haya atacado y entonces nosotros habitaremos juntos».

Diálogo egipcio del Ba. ‘El Egipto faraónico’, F. Lara Peinado.

Derramar la taza

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Fotografía de Birgit Presser

 

 

 

Nan-In, un maestro japonés de la era Meiji (1868-1912) recibió cierto día la visita de un erudito profesor de la Universidad que venía a informarse acerca del zen. Nan-In sirvió el té. Colmó hasta el borde la taza de su huésped, y entonces, en vez de detenerse, siguió virtiendo té sobre ella con toda naturalidad. El erudito comtemplaba absorto la escena, hasta que al fin no pudo contenerse más. «Está llena hasta los topes. No siga, por favor». «Como esta taza», dijo entonces Nan-In, «estás tú lleno de tus propias opiniones y especulaciones. ¿Cómo podría enseñarte lo que es el Zen a menos que vacíes primero tu taza?».

 

 

 

Carne de Zen, huesos de Zen.